viernes, 24 de abril de 2009
A LEO PERICHINSKY
Pero además, tu rápida partida no nos dio tiempo siquiera para analizar el rebote de Entrelíneas. ¡Si te habras embroncado en cada cierre de revista!. Siempre buscando más precisión y rigurosidad.
Leo: Todo se detuvo. En horas, la realidad, la vida, la muerte, nos pego un cachetazo y aun no podemos ni queremos, digo los cumpas del CIEPYC, despertar.
Solo me resta decirte que en poco tiempo conocí un ser integro, noble, laburador, comprometido con la realidad social, política y económica, pero por sobre todo un ser humano, padre y amigo, difícil de olvidar.
Pedro Corroppoli
Compañero del CIEPYC - UNLP
sábado, 18 de abril de 2009
Crisis mundial y definición de modelo de desarrollo: volvemos a bailar en cubierta?
1. El modelo neodesarrollista de base agroexportadora busca insertarse en un mundo que supuestamente demandará materias primas para alimentar animales de las potencias emergentes (Asia) y para generar combustibles alternativos. Los límites y riesgos de este modelo son variados.
Aún en el caso remoto de que sea posible salir rápido de la crisis estructural, la demanda de estos países emergentes crecerá a un ritmo importante por un lapso acotado de años, mientras se complete el período de industrialización rápida de China, para luego converger a tasas de crecimiento vegetativas.
En el caso, de los usos alimentarios, aún en un escenario de aumento de los precios de las materias primas agrícolas, la rentabilidad de los sectores exportadores – dominado por grandes trasnacionales de granos, aceites, agroquímicos y multimedios vinculados - es altamente inviable socialmente. Por su parte, la demanda de materias primas para bio-combustibles, está perdiendo dinamismo frente a la caída del precio del petróleo.
La rebaja de retenciones a las exportaciones requerida para la consolidación de este modelo deberá ser compensada con impuestos mayores a las clases medias y sectores populares, recorte de gasto en educación, salud e infraestructura. También cabe señalar que esto resultará en un aumento del precio de los alimentos, por el desplazamiento de cultivos de nuestra dieta alimentaria (trigo, carnes y leche) frente al avance de la soja. Esta situación debería derivar, por razones fiscales y de precios de los alimentos, en un aumento sensible de las necesidades básicas insatisfechas.
2. El modelo aún incipiente neodesarrollista de base industrial con inclusión social, que combina la exportación de manufacturas industriales y tecnología en un esquema sur-sur y la expansión del mercado interno (y regional). Aunque las oportunidades que ofrece este modelo no están de ninguna manera aseguradas en el actual contexto, algunas de sus ventajas ya han sido palpables en los últimos cinco años.
Este esquema rompe la antinomia exportación-mercado interno del modelo agroexportador puesto que los complejos agroindustriales exportan materias primas pero esta inserción es limitada por las necesidades de abastecimiento del mercado interno y los requerimientos asociados a la reproducción de la mano de obra.
La puesta en marcha efectiva de transferencia de tecnología agropecuaria y reactores nucleares a diversos países en un esquema de comercio administrado son un claro ejemplo del tipo de inserción internacional sur-sur que podría profundizarse.
Debido a la matriz tecnológica y distributiva que implica, este modelo garantiza mayor diversificación de las exportaciones y de los destinos de comercialización y mayor especialización industrial, lo que reduce su fragilidad externa y aumenta su viabilidad interna.
Como adelantáramos en la editorial de Entrelineas de diciembre de 2007, la gran debilidad política del actual gobierno fue su imposibilidad de generar un esquema de alianzas identificada con el modelo de desarrollo basado en la reindustrialización del país. No era tarea fácil. El gobierno de Alfonsin, hoy reivindicado como ejemplo por los mismos factores de poder que lo hicieron claudicar, se enfrentó al mismo dilema, y cedió por sus limitantes ideológicos. Ante la debilidad de su esquema de alianzas, debió aliarse con el poder económico, y entregar antes de tiempo el gobierno. Las consecuencias sobre la población fueron evidentes: hiperinflación y pobreza de ingresos. Esto sentó las bases para continuar en los ’90 el ajuste estructural más regresivo de la Argentina, que completó la tarea inconclusa de la dictadura.
Pareciera que el bloque de poder sustentador del modelo de base agroexportadora está ganando apoyo en la dirigencia política frente al modelo industrialista.
Sin embargo, la diferencia entre el derrocamiento a Alfonsín y la avanzada actual, es que ahora no está demasiado claro para dónde va el mundo, ni en qué momento se sale de la crisis. Esto requiere una estrategia de “desensillar hasta que aclare”. La Argentina ha logrado una posición macroeconómica para abordar una estrategia de este tipo. Profundizar la diversificación productiva y la expansión del mercado interno nos colocaría en una situación aún menos frágil en los próximos 10 años.
La situación era diferente a fines de los años 80. En aquella oportunidad, a partir del Plan Baker, era evidente que a los países periféricos les tocaría el nuevo rol de emergentes. Los más lucidos podían anticipar que el mundo se movía por los tormentosos mares en un Titanic, pero que aún había tiempo para que unos pocos pudieran disfrutar de viajar en cubierta. Se necesitaba una figura diferente a Alfonsín para encarar las reformas liberales que luego vinieron. Estaba claro para qué, cuando y se buscó con quién. Domingo Cavallo fue el interlocutor del sector dominante para articular las alianzas y el desenlace del gobierno alfonsinista.
Posiblemente, las continuas peripecias de la oposición al actual gobierno y su incapacidad por organizar una alternativa válida de poder sean un reflejo de la falta de preeminencia de un sector dominante. La incertidumbre global nos lleva a una situación en la cual no esté claro el para qué. Hoy el Titanic está hundiéndose y la oposición, que no sabe qué salvavidas proponer a la sociedad, pretende pinchar el único salvavidas disponible en el medio de la tormenta.
En este sentido, si el gobierno lee bien lo que está sucediendo (y no tanto las encuestas) quizá tenga margen para refundarse. Es necesario generar las condiciones materiales e ideológicas para avanzar en la profundización de un modelo de base industrial. Los mecanismos de distribución del ingreso por vía salarial pierden dinamismo frente a un escenario de amenaza de despidos y no alcanzan para frenar la recesión. Planes sociales masivos o asignaciones generalizadas por hijo son medidas contundentes imprescindibles. Las obras públicas tardan en llegar. Es necesario avanzar en una de las principales preocupaciones de los trabajadores sin acceso a la vivienda: créditos hipotecarios a tasas bajas y plazos largos. Todo esto acompañado con una política de restricción de las importaciones, mediante medidas arancelarias y barreras no arancelarias. A su vez, la implementación de una eficaz política de administración de precios, es condición indispensable para que estas medidas no afecten el balance comercial ni se trasladen a mayores precios de los alimentos y de los materiales de construcción.
En suma, avanzar en la consolidación de un modelo industrial sobre la base de realimentar la demanda interna controlando a los formadores de precios. Este modelo permite maniobrar en aguas borrascosas, esa es su principal fortaleza como salvavidas frente a la tormenta.
martes, 24 de marzo de 2009
Para volver a crecer
La magnitud de la recesión está en relación directa con el tamaño de la burbuja financiera que se pinchó en 2008. Por este motivo resulta central entender si lo que acaba de colapsar es un ciclo corto de crecimiento, iniciado luego de la crisis del Nasdaq, con la exacerbación del endeudamiento externo norteamericano, o el ciclo largo de expansión iniciado en la postguerra.
En una nota de la última edición de la revista referida a la crisis financiera en Estados Unidos se planteó como hipótesis que estamos en presencia del final de un ciclo largo de expansión que se iniciara con la ruptura de Bretton Woods y que fuera impulsado desde los años 80 por la liberación comercial y la desregulación financiera.
La liberalización comercial jugó un fuerte impulso a la entrada en competencia de los asalariados de distintos países, asumiendo su pico más alto con la incorporación de China a la OMC, lo cual generó fundamentalmente un proceso de deflación salarial. Proceso que se manifiesta en el centro con el traslado de gran parte de los gastos sociales a los trabajadores (servicios de salud, educación, etc.). Paralelamente, la desregulación financiera posibilitó a la masa de capital acumulada, encontrar nuevas vías de valorización fuera del circuito productivo, generando un proceso de inflación de papeles y acciones. Ante las sucesivas crisis de los mercados de capitales, este proceso se auto-organizó generando nuevas innovaciones financieras, que terminaron confluyendo en un proceso de apalancamiento donde los asalariados enfrentan por un lado, una caída de sus remuneraciones resultante de la competencia capitalista a escala global, por el otro, un aumento del endeudamiento sin precedentes.
La duración de la crisis está asociada también a la incapacidad de los gobiernos por resolver esta dinámica perversa de deflación salarial y sobreendeudamiento, porque su accionar está centrado en el fondeo de bancos y en la transferencia de los costos a los asalariados.
En este contexto, recomponer el mercado de promesas (el sistema financiero), que fue financiado con ingreso de capitales del exterior, que dejó a Estados Unidos en una posición neta deudora sin precedentes, recuperar los niveles de consumo de los asalariados (y de la población en general), y de inversión de las empresas, con el crecimiento del desempleo y las expectativas pesimistas sobre lo que va a suceder con la economía en el futuro, parece más contradictorio que posible resolverlo.
Buena parte de las medidas que vienen tomando los gobiernos en los países centrales apuntan a resguardar dos instituciones básicas de una economía monetaria: la moneda y el derecho de propiedad. En este sentido, los dos principales instrumentos por excelencia son: el rescate a los bancos y los créditos para consumo y refinanciación vivienda. Dicho de otra manera, en los países centrales están preocupados porque la exigencia actual de los pasivos a los bancos no derive en una exigencia de los pasivos del Estado (que se pase de la venta de acciones a la venta de bonos del tesoro, y de estos a un repudio generalizado a la moneda), y por cómo se distribuyen (o socializan) las pérdidas producto de la ruptura de contratos en el sistema financiero.
Esta atención focalizada en el salvataje de bancos y la distribución de los costos de la crisis entre los asalariados probablemente genere mayor contracción de la actividad económica, porque actúan como mecanismos de retroalimentación de la recesión vía la caída de la demanda efectiva.
A diferencia de lo que pasa en los países centrales, la argentina recibe la crisis en buenas condiciones. Posee superávit externo y fiscal, un elevado nivel de reservas, y un “fondo anticíclico” constituido a partir de la estatización de las AFJP. En buena medida, las herramientas de política económica que permite desplegar el actual esquema macroeconómico son esencialmente contra cíclicas.
La economía argentina enfrenta algunos problemas asociados a su demanda efectiva doméstica, (que ya se habían manifestado con anterioridad a la crisis internacional, aunque se profundizaron a partir de ésta), y una importante caída en las exportaciones durante el último trimestre de 2008, esto sí producto de la crisis externa, porque el colapso financiero se traslada del centro a la periferia, generando una crisis de sobreproducción.
La economía argentina tiene una demanda efectiva estancada levemente por debajo de los máximos niveles históricos. La inversión se frenó a partir del conflicto con el campo, y empezó a caer a partir de la crisis internacional; el consumo privado está estancado, pero en los niveles más altos de la década, y las exportaciones han caído de manera considerable.
Los datos oficiales del cuarto trimestre de 2008 muestran, por primera vez en seis años, un cambio de signo en la evolución de la actividad económica en la Argentina. El PBI se contrajo un 0,3% durante el cuarto trimestre de 2008, lo cual implica un freno a una expansión ininterrumpida e inédita que llevaba ya 24 trimestres consecutivos de crecimiento, y que acumulaba entre el segundo trimestre de 2002 y el tercer trimestre de 2008 una expansión del pbi del 66,4%. Los datos del cuarto trimestre de 2008 revelan que ese acumulado se contrajo a 65,9% desde 2002.
Como era de suponer, por el lado de la demanda, la impresionante caída de las exportaciones explica en parte la desaceleración de la economía. En el cuarto trimestre de 2008 sufrieron una contracción del 16,5%, lo que implica desandar el 40% del recorrido desde 2002. Durante este último trimestre de 2008 las exportaciones retrocedieron a los niveles de 2006.
Sin embargo, lo más sintomático es el comportamiento de la inversión privada, el componente más dinámico de la demanda durante este proceso de crecimiento. Si bien en el cuarto trimestre de 2008 cayó por primera vez en 24 trimestres (se contrajo un 7,9%), su estancamiento viene de dos trimestres atrás, cuando todavía no se hablaba demasiado (sentía) de la crisis internacional. Su parate inicial, hacia el segundo trimestre del año pasado (en plena rebelión fiscal del campo), al menos, parece obedecer a cuestiones domésticas.
En términos de política económica es necesario considerar que el consumo privado mantiene actualmente la misma participación en el PBI que en 2002, mientras que la inversión lo duplicó. En el cuarto trimestre de 2008, la IBIF perdió dos puntos de participación en el producto, mientras que el consumo permaneció con el mismo nivel de participación.
El motor del crecimiento, por el lado interno, había sido la inversión; y, por el lado externo, las exportaciones. Estos son los dos componentes de la demanda más difíciles de recuperar. La demanda externa porque no depende básicamente de lo que pueda hacer la política económica, se encuentra más bien librada a los vaivenes de la crisis internacional. Y en relación con la inversión es difícil pensar en una dinámica expansiva en un contexto de sobreproducción global. A su vez, la inversión depende en buena medida de las expectativas, que son absolutamente pesimistas, tanto por el frente externo, como por la fuerte instalación de la crisis política, primero, y la internacional, después. En este aspecto, los medios y la oposición han jugado un rol central. Por su parte, los Estados, en sus distintos niveles de gobierno, tienen serias dificultades de gestión como para que la obra pública compense la caída de la inversión privada.
Por otra parte, el Gobierno, ha colaborado activamente (y erróneamente) en instalar que los efectos de la crisis internacional serán severos para la economía argentina, como mecanismo para desenvolverse del conflicto político en que está inmerso.
En este contexto, parece razonable intentar el crecimiento de la demanda a través del consumo.
Si bien el Gobierno ha desplegado una batería de medidas y un uso inédito de la política económica en todos sus planos (monetario, cambiario, comercial, y en menor medida política fiscal y de precios e ingresos), el propio error de diagnóstico sobre los efectos de la crisis en la argentina, lo llevaron a imitar recetas que no se condicen con los problemas que enfrenta hoy la economía argentina.
El más grosero es pensar el crédito como variable explicativa del consumo. Ya que Keynes está tan de moda, sería bueno que los asesores económicos de allá y acá se detengan a leerlo e interpretarlo. El consumo depende fundamentalmente del nivel de ingreso y de la propensión a consumir (el porcentaje de consumo sobre cada peso de ingreso). Para aumentar el consumo hay que aumentar el ingreso y la propensión media a consumir. La propensión a consumir cae a medida que aumenta el nivel de ingreso. Entonces, la forma más efectiva de aumentar el consumo es transfiriendo ingresos a los sectores de menores recursos, que tienen la propensión a consumir más alta (que gastan todo su ingreso).
Los efectos de una rebaja en la tasa de interés para bienes de consumo durable, más allá de los problemas de implementación, tiene un impacto incierto en un contexto de caída de ingresos e incertidumbre laboral. Seguramente beneficiará a los bancos, que hasta ahora vienen recibiendo fondos del Estado a tasas pasivas (11% anual) que son entre la tercera y cuarta parte de las tasas que ellos cobran por los préstamos; y ayudará a aquellos que de todas maneras pensaban cambiar el auto, el calefón o la bicicleta.
Pero volviendo al tema de los efectos de una rebaja en la tasa de interés sobre el consumo, mejor dejemos a Keynes que nos diga algo más:
“ Para la teoría clásica de la tasa de interés, que se basó en la idea de que la tasa de interés era el factor que ponía en equilibrio la oferta y la demanda de ahorros, era conveniente suponer que el gasto en consumo es, ceteris paribus, negativamente sensible a los cambios en la tasa de interés de manera que cualquier alza en la misma disminuiría perceptiblemente el consumo. Se ha reconocido desde hace mucho que el efecto total de los cambios en la tasa de interés sobre la inclinación a gastar en consumo presente es compleja e incierta. (…) Sin embargo, no hay mucha gente que altere su modo de vivir porque la tasa de interés baje, si su ingreso global es el mismo de antes”
Y culmina:
“ la conclusión más importante es, según creo, que la influencia a corto plazo de la tasa de interés sobre los gastos individuales hechos con un determinado nivel de ingreso es secundaria y carece relativamente de importancia…”
J.M.Keynes (Teoría General, capítulo 8, la propensión a consumir: los factores objetivos,pag.92, edición de FCE)
Si bien el gobierno ha avanzado en la dirección correcta, en el sentido de aumentar los ingresos de la población de bajos recursos (y alta propensión a consumir), lo ha hecho de manera muy tibia. El aumento de la jubilación mínima y el incremento de los planes sociales alcanza sólo el 0,3% del producto (chequear). En el contexto actual de caída de la demanda efectiva doméstica y con el creciente saldo exportable, la política de ingresos debería incrementarse en 2 puntos del pbi para comenzar a tener efecto sobre la actividad económica.
El segundo error importante del gobierno tiene relación con el punto anterior. La política de superávit fiscal, y compra de dólares por parte del Tesoro para repago de deuda externa, en un contexto recesivo, sólo promueve la contracción de la demanda efectiva y el nivel de actividad. Para decirlo en términos de Keynes, esos 3 puntos de superávit (chequear) tienen propensión a consumir igual a cero, contra la propensión igual a 1 de los jubilados que cobran la mínima o los desempleados.
Pero Keynes obviamente lo dice mucho mejor:
“ debemos también tener en cuenta el efecto sobre la propensión global a consumir, cuando el gobierno reserva fondos de los impuestos ordinarios para el pago de deudas; porque esto representa una especie de ahorro social, de manera que una política que tiende a crear grandes fondos de reservas debe considerarse como reductora de la propensión a consumir. Esta es la razón por la cual un cambio de frente en la política gubernamental, pasando de la aceptación de deuda a la creación de fondos de reserva (o viceversa), puede ocasionar una severa contracción (o notable ampliación) de la demanda efectiva.” JM Keynes (op.cit. pag.93)
De todos modos, no hay dudas de que el Gobierno ha desplegado, a su modo, todas las herramientas de política económica disponibles; incluso avanzó en una mayor presencia del Estado en la economía: la estatización de las jubilaciones, y su participación en la intermediación entre el ahorro y la inversión, a través del anses, es un ejemplo insoslayable de un cambio estructural en la relación del Estado con la actividad económica. Su presencia en el comercio exterior avanzó hasta el punto de promover la creación de una empresa estatal de comercialización de granos. Ninguno de estos dos casos es posible de explicar a partir de una necesidad de caja. El freno a las exportaciones de alimentos (trigo, específicamente) que atentan contra la seguridad alimentaria local es un ejemplo flagrante en este sentido, porque incluso va en contra de la captación de recursos del Estado. A su vez, se ha embarrado la cancha (con medidas extra arancelarias) para frenar el ingreso de importaciones que pudieran afectar el nivel de empleo.
También se instalaron rumores a propósito de la administración pública del Banco Hipotecario, herramienta clave en este contexto para que vuelva a manos públicas. El rubro créditos hipotecarios es quizá el único caso donde se justifica una fuerte dotación de recursos por parte del estado para promover la construcción de viviendas. Una línea crediticia para construcción o refacción de viviendas para aquellos que aún no accedieron a la vivienda propia (sectores de bajos recursos, recién casados, etc.) a tasa cero de interés puede convertirse en una medida que compense en parte la contracción del sector privado a partir de la crisis.
En suma, el esquema macroeconómico actual genera la posibilidad de afinar, y profundizar, ciertos instrumentos, para reiniciar una fase expansiva apoyada aún más en la demanda interna. El empresariado deberá saber ya, a esta altura, que su negocio debe reorientarse casi exclusivamente al mercado doméstico, dadas las condiciones internacionales actuales. La forma de motorizar esta nueva dinámica virtuosa requiere del entendimiento por parte de los empresarios de que el salario es el factor clave. Resignar renta para conseguir mayor actividad económica. La pérdida de participación de los trabajadores en el ingreso sólo incorporará una dinámica viciosa recesiva, al estilo de la que señalábamos como causa de la actual crisis en los países centrales. Por su parte, el Gobierno debería entender que su mejor política social de los últimos seis años (promover el empleo) ya no funciona en contextos recesivos, y debe ser fuertemente complementada con una verdadera política de ingresos. Porque la pobreza es urgente, o por eso de las propensiones a consumir.
viernes, 26 de diciembre de 2008
Volver a crecer
Por ejemplo, los recursos de la administración nacional ligados a la evolución de la actividad muestran en noviembre un crecimiento nominal del 15 por ciento cuando acumulan en el año una expansión del 25 por ciento.
Parte por los efectos de la crisis internacional y parte por las auto-profecías locales de recesión, estanflación o crisis, la economía argentina se está desacelerando.
La crisis internacional -de la cual todavía vimos muy poco- tendrá sus efectos sobre la economía real por el lado del comercio exterior: básicamente, contracción de las exportaciones -fundamentalmente por precio, pero posiblemente también por volumen- y aumento de las importaciones de bienes industriales a menores precios, dado el exceso de oferta mundial.
Hace más de un año y medio se planteó desde esta publicación que la crisis internacional impactaría sólo por el lado real, ya que la economía argentina se encontraba desconectada del canal financiero. Lo que no se tuvo en cuenta, entonces, fue la influencia de los medios de comunicación en vastos sectores de la sociedad, que han anticipado la crisis en el país, a través de la postergación de decisiones de consumo, como si se tratara de consumidores de los países centrales.
A nivel local, las expectativas pesimistas difundidas por los grandes medios de comunicación – en sintonía con las expresiones de la Asociación Empresaria Argentina- provocan la contracción de la demanda efectiva. Las grandes empresas postergan sus decisiones de inversión, los trabajadores reducen consumo y el denso entramado de empresas PyMEs son afectadas, sin capacidad de auto-organizarse frente a la debilidad de sus asociaciones representativas.
Ante este escenario, se discute qué debería hacerse desde la política económica para revertir las tendencias de estos últimos meses.
En principio, es necesario resaltar que históricamente o, por lo menos, en las recesiones de los últimos treinta años, cada vez que la economía se desaceleró, cayó la recaudación, etc., desde el ministerio de Economía se ejecutaron planes de contracción del gasto público, generalmente acompañado de suba de impuestos.
En esta oportunidad, la dirección, el gradiente de las medidas es diferente a lo que se hizo siempre. Se podría decir que es la primera vez -en más de tres décadas- que desde el Estado se ejecutan políticas contracíclicas cuando se contrae el nivel de actividad: se pretende expandir la inversión pública y reducir impuestos en forma selectiva en sectores de consumo medio alto y en ciertos cultivos agrícolas prioritarios para la alimentación. Es destacable la intención de alcanzar récords históricos de inversión pública sobre PBI del 5,5 por ciento, algo que es cuestionado desde las centrales empresarias.
La primera nota de la presente edición analiza en detalle las medidas tomadas por el Gobierno Nacional para amortiguar los efectos de la crisis externa.
Sin embargo, también es necesario plantear que las medidas anunciadas hasta el cierre de esta revista, no son suficientes para atacar de lleno tres aspectos importantes para revertir la tendencia declinante de la economía:
· En primer lugar, el incremento de la demanda efectiva mediante transferencias de recursos hacia los sectores de la población que gastan todo su ingreso en bienes con alto contenido nacional. Mientras la obra pública tarda, cuanto menos, un año en llegar a la calle, el aumento de ingresos a sectores con alta propensión a consumir (desocupados, sectores con ingresos inferiores a la canasta familiar y jubilados) se traduce automáticamente en aumento de la demanda efectiva. Todo esto, además, generaría una mejora en la distribución del ingreso.
· En segundo lugar, una política cambiaria que compense la caída de los precios de los principales productos que compiten con los de origen nacional y las devaluaciones que han experimentado los principales países de la región. Un tipo de cambio alto es imprescindible para no revertir los incipientes procesos sustitutivos de importaciones y el empleo. En un contexto de desaceleración de los precios y de la actividad, adquiere menos peso el dilema entre dólar alto e inflación, en términos de política económica.
· En tercer lugar -y en forma complementaria a lo anterior- una política de protección a la industria, a partir de la profundización y generalización de regímenes sectoriales como el automotriz hacia nuevos sectores. Esto, además de evitar el ingreso de bienes importados que amenacen el empleo industrial, permitiría aprovechar la oportunidad que brinda esta crisis en ciernes para superar los límites de una inserción de la región como mercado interno ampliado para producciones con escaso valor agregado local por parte de las empresas multinacionales. Solo así el proceso sustitutivo de importaciones será acompañado por la superación de la dependencia.
No se han visto, por el momento, medidas ni orientaciones generales que apunten a resolver estos tres aspectos centrales para el desempeño futuro del modelo y su profundización, más allá de las políticas macroeconómicas de tipo de cambio. Las medidas anunciadas -si bien significan un avance respecto a las recomendaciones liberales- apuntan a mejorar los ingresos de sectores medios altos, propensos a consumir bienes con elevado contenido importado, resolviendo así los problemas de caja de las empresas multinacionales, con fuertes dificultades en sus casas matrices.
La capacidad de aprovechar al máximo los efectos multiplicadores de las medidas sobre la demanda interna y el superávit externo es clave para explicar lo que sucederá en el futuro con la actividad económica. Se corre el riesgo de desperdiciar las bienvenidas herramientas keynesianas si no se apunta a las dos causas fundamentales de fugas: el patrón de consumo extranjerizado de los sectores medios acomodados y el bajo componente nacional de las producciones de las empresas multinacionales de bienes de consumo durable.
Con la vuelta al sistema de reparto, la economía ha recuperado buena parte del financiamiento necesario para compensar la caída en la demanda efectiva. Sin embargo, si el Gobierno piensa cumplir sus compromisos financieros, tendrá problemas de transferencia doméstica si no sostiene los niveles de superávit externo de estos años. En este sentido, también resultan clave la política cambiaria y la protección a la industria.
A propósito de este tema, en el presente número también se desarrolla la segunda parte de la nota sobre el régimen previsional. Tras haber analizado de manera pormenorizada, en la edición anterior, las consecuencias de los quince años del régimen de capitalización, se abordan ahora algunos puntos que resultan claves para repensar el sistema previsional en esta nueva etapa: cuál es la mejor alternativa para asignar los fondos que administraban las AFJP, qué elementos pueden afectar la sustentabilidad y cobertura del sistema de reparto y, sobre todo, cuáles son los desafíos para la seguridad social.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Editorial
La decisión sorprendió porque el gobierno venía de unos meses erráticos, envuelto en una agenda que no le era propia. Daba la sensación de que el conflicto con el campo había culminado en un golpe sin golpe. Muchos de quienes todavía creemos que el proceso iniciado el 25 de mayo de 2003 era un auspicioso punto de partida para instaurar un esquema de desarrollo auto-centrado evaluamos que el proceso destituyente lo había condicionado severamente.
Y lo que se podía ver era que el gobierno reflejaba la nueva correlación de fuerzas post-crisis del campo con un conjunto de medidas que respondían a los intereses de los sectores financieros : declaración de cancelación al contado de la deuda con el Club de París, reuniones patéticas con banqueros, que no tenían manera de saber -en el preciso momento en que se produjo la reunión en Buenos Aires para renegociar la deuda de los holdouts - si sus bancos de inversión seguían existiendo, si ya habían pasado a manos de otro banco, o del Estado, y si seguían manteniendo sus empleo. La ridiculez de esas reuniones fue el reflejo del desacierto de intentar volver a ser un “país emergente” en el medio del colapso de las formas de financiamiento del sistema financiero internacional.
Si embargo, el gobierno se desenvolvió de esa agenda, a partir de las evidencias que generaba la mayor crisis financiera de la historia del capitalismo - y reencausó el problema estructural de la seguridad social en la Argentina. Sin embargo, el colapso de las formas privadas de financiamiento en los países del Norte no se tradujo mecánicamente en el reemplazo del marco conceptual, y la emergencia de una nueva convención de política económica. El discurso keynesiano y la rehabilitación de la centralidad del Estado en la coordinación de la economía tarda de trasladarse de las necesidades de política pública al campo de las ideas, aún dominado por la convención del mercado auto-regulador.
A la lentitud del avance en el campo de las ideas, se suma en la Argentina la histórica permeabilidad de los sectores medios al discurso simple y efectivo de los grandes medios de comunicación y de la oposición. Esto explica, hoy en día, la dificultad de argumentar a favor de una propuesta como la eliminación de las AFJP, aún en ámbitos donde los intereses objetivos se corresponden con un régimen basado en la solidaridad intergeneracional. Los planteos de que “responde a una necesidad de caja”, que estamos frente a un “saqueo”, de que “se hace para robar”, de que “es improvisado”, entre otros, se deshacen al realizar un análisis serio sobre el tema, incluso si se considerara a todos los funcionarios del gobierno como ladrones.
No es posible lógicamente plantear la tesis del “Estado depredador” con independencia del modo de acumulación. El régimen de valorización financiera va más allá de las prebendas que el capital utiliza para instrumentar la transversión de los dirigentes políticos (simbolizados superficialmente por las coimas del menemismo o los tapados de piel de María Julia, pero que se generalizó en forma mucho más sutil a los cuadros intelectuales y técnicos, incluyendo importantes pagos por consultorías de organismos internacionales durante la pasada década). Aún considerando la importancia de estas “compensaciones”, el objetivo de las políticas de los noventa no era financiar el consumo suntuario de los dirigentes y generar una frondosa casta de intelectuales orgánicos y periodistas del establishment. La transversión de los dirigentes e intelectuales era simplemente un medio. El fin era convertir a la Argentina -como al resto de los países periféricos - en un país emergente, que pospusiera eternamente un régimen basado en el endeudamiento mediante la generación de nuevos negocios para el capital financiero.
Sería imposible para el entendimiento suponer que fue casual la proliferación de gobiernos y funcionarios corruptos - todos a la vez- en la gran mayoría de los países periféricos del mundo. Cuestión que nuestra mediatizada clase media parece no poder dimensionar.
Intentando ir más allá de la superficie, la vuelta al sistema estatal de reparto apunta a la resolución de cuestiones fundamentales para una sociedad, independientemente de que algunos funcionarios puedan hacer una utilización personal de una parte de los fondos que vuelven al Estado. Lo que quedará es la resolución de un problema estructural básico de la sociedad, evitando la evaporación de los ahorros de los jubilados hoy colocada en activos financieros y la instauración de un régimen que se sustente en la mejora de los niveles y remuneraciones de empleo a partir de su reinyección como fuente de demanda efectiva.
Precisamente por la trascendencia del tema en cuestión, la primera de las notas de la presente edición de Entrelíneas realiza un análisis pormenorizado de las consecuencias que dejaron los catorce años de AFJP y los efectos para la sociedad de volver al esquema estatal de reparto de forma plena.
La segunda nota analiza cómo las autoridades están respondiendo a los efectos de este cambio estructural y a la crisis internacional en el plano monetario y financiero. Respuesta que combina medidas heterodoxas de control selectivo a la fuga de capitales con medidas ortodoxas basadas en subas desproporcionadas de tasas de interés.
Se sostiene que estas medidas obedecen a una cuestión transitoria más que permanente. De hecho, los bancos privados en los días de mayor demanda de dólares pagaban más tasa por los plazos fijos cortos que por los largos, lo cual induce a suponer que ven como una cuestión temporal la caída de depósitos. Si pensaran en un escenario de licuación de deudas, por devaluación por ejemplo, propiciarían los depósitos a largo plazo. Estos últimos fueron los únicos que cayeron, entre los plazos fijos, durante el mes de octubre.
A su vez se plantea que la autoridad monetaria en la Argentina tiene a su disposición todas las herramientas de política monetaria, lo cual es quizá el principal beneficio de no estar directamente afectados por la crisis financiera internacional.
La política monetaria en los países centrales ha demostrado ser poco efectiva frente a la entrada en recesión de Estados Unidos, Europa y Japón. Tardíamente las autoridades de estos países comienzan a plantear alternativas incipientes y muy acotadas de paliar la caída en la demanda efectiva que produce la actual crisis. En este sentido, la principal apuesta parece ser una política fiscal expansiva.
La Argentina se encuentra en buenas condiciones para avanzar en esta dirección. Aunque no parece reflejarse en las acciones de gobierno y en las actitudes de una oposición autista frente al nuevo escenario.
Esa es la próxima gran batalla, que dependerá de la velocidad con que el gobierno entienda que es necesario impulsar el gasto público, manteniendo el superávit externo mediante un mayor grado de protección de la economía. También es imprescindible que las dirigencias empresariales comprendan que durante los próximos años no habrá otro espacio de valorización de sus capitales que el nacional y regional. Cuestiones que por el momento el gobierno solo ataca discursivamente, mientras la oposición sigue enfrascada en el carácter depredador del Estado.
Si bien es prematuro evaluar los posibles efectos del reciente paquete de medidas lanzado por el Gobierno, resulta claro que avanza en la dirección de promover mayor actividad económica y garantizar un piso para el desempleo. Estamos bastante curados de espanto con las inauguraciones de maquetas y mega anuncios de inversiones que nunca se convierten en infraestructura pública concreta De la capacidad del gobierno de convertir sus anuncios en obras, en tiempo y forma depende en parte la capacidad de respuesta del modelo instaurado en el 2003 al nuevo escenario. En este momento del ciclo, resulta imprescindible que esos 71 mil millones de pesos que se volcarían a la obra pública sean una realidad. La complementación de estas medidas con tipos de cambios diferenciales y política industrial orientada a seleccionar sectores generadores y difusores de progreso técnico es clave para mantener los niveles de actividad y realizar el necesario cambio estructural. Frente a la crisis financiera internacional, los términos de intercambio están lejos de favorecer a una especialización basada productos agroindustriales (si es que alguna vez la favorecieron).
Por último, seguimos analizando los efectos de la crisis financiera internacional. En esta oportunidad se intenta observar los posibles canales de transmisión de la crisis por el lado real, analizando las relaciones comerciales de Estados Unidos con el mundo. La tercera nota de esta revista avanza sobre este aspecto.
martes, 24 de junio de 2008
Inflación en alimentos en América Latina
En el mes de abril, el FMI y el Banco Mundial se reunieron para tratar el tema de la crisis crediticia en Washington pero trasladaron el eje de la discusión para llamar la atención sobre la ahora llamada crisis alimentaria mundial, preocupados por una oleada de disturbios que obligó a muchos países a tomar medidas comerciales tendientes a contener los efectos domésticos de la “agflación”.“Agflación” es la denominación que se le dio a la escalada de precios de las materias primas agrícolas como el maíz, trigo y soja y su efecto en el nivel general de precios. El aumento de los precios mundiales de los alimentos amenaza con propagar el hambre y genera tensiones sociales en una escala aún impredecible.
Hacia el año 2006 la mayoría de los países de América Latina tenían controlada la inflación, pero el aumento en el precio de los commodities agroalimentarios y de la energía (por el elevado precio del petróleo) ha presionado a la suba en el índice general de precios, acelerando de manera sorprendente el nivel de inflación en buena parte de la región.
En todos los países analizados hay una clara tendencia ascendente en el índice de precios general y de los alimentos y, particularmente, todos muestran una substancial aceleración a fines del año 2007 y principios del 2008, momento en el cual comenzó a expandirse fuertemente la especulación financiera hacia los sectores que elaboran productos primarios y también coincide con el fuerte crecimiento de la demanda de alimentos para la fabricación de biocombustibles, siendo esta última la fuente más grande de “nueva demanda” para los productos del agro en décadas.
La mayoría de los países de América Latina evidencian aumentos en las tasas de inflación. En promedio pasaron de un nivel anual de 3,5% en el 2006, a tasas anuales que oscilaron entre el 6% y 7% para el 2007.
El nivel promedio de inflación en los alimentos en los países bajo análisis fue de 5,4% durante el año 2006, mientras que para el año 2007 el mismo índice mostró una variación del orden del 11,6%, mostrando un aumento mayor al doble del registrado un año antes. A todo esto, los países con mayor inflación alimenticia durante el año 2007 fueron Costa Rica (21%), Bolivia (19,8%), Uruguay (18,1%), Chile (15,2%) y Brasil (11,9%), seguidos por Paraguay (9,1%), Colombia (8,5%), México (7,5%), Perú (6%) y Ecuador (5,7%).
Claramente los precios de los alimentos están creciendo muchos más rápido que lo que refleja el nivel general. Lo anterior nos induce a pensar que el actual proceso de aceleración de la inflación que están viviendo los países de América Latina es causado, en mayor medida, por el fuerte aumento en el precio de los alimentos empujado, a su vez, por el incremento de los precios internacionales de las materias primas agrícolas.
También puede apreciarse que en países como México, Brasil, Colombia, Bolivia y Perú, en nivel de inflación durante el primer trimestre de 2008 casi representa la mitad del nivel obtenido durante 2007, lo que deja pensar que si continúa esa tendencia, la inflación durante 2008 será mayor que la del 2007.
Parte del problema de la inflación que llega a la Argentina es mundial, es urgente, y avanza rápido también sobre las economías de los restantes países de América Latina, sean estos exportadores o importadores de productos alimenticios y pone en tensión a sus sociedades.
Escépticos frente a las medidas que se puedan esperar desde las instituciones supranacionales como las Naciones Unidas para garantizar la soberanía alimentaria de los pueblos, sólo resta la cooperación entre las naciones y políticas domésticas como la seguida mediante las retenciones y límites a las exportaciones que son dos de las pocas herramientas que el Estado tiene a mano hoy para resistir el doble acecho de las rentas extraordinarias y las presiones del mercado mundial.
lunes, 23 de junio de 2008
Entrelíneas de la Política Económica Nº 11 - Junio 2008
jueves, 5 de junio de 2008
“Espacio Económico”, ahora en radio Universidad
“Espacio Económico”, ahora en radio Universidad
Ahora en formato radiofónico, “Espacio Económico”, un programa para entender los problemas económicos actuales.
Esta nueva propuesta del CIEPYC (Centro de Investigación en Economía Política y Comunicación), se presenta con notas y entrevistas a especialistas en economía, y a representantes empresariales, gremiales, políticos y de la comunidad.
Para las empresas Pymes, además, se le dedicaran segmentos dirigidos a la difusión de las políticas públicas para el sector.
El CIEPYC, creado en junio de 2003 por la facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata, tiene entre sus objetivos “contribuir al debate de ideas en pos del desarrollo del país”.
A este ideario se le suman la docencia, la investigación y la extensión universitaria; línea en la que se ubican “Espacio Económico” Radio y “Entrelíneas de la Política Económica”, revista digital del CIEPYC.
Cabe aclarar que en el año 2001 se puso al aire el primer programa “Espacio Económico” TV, ciclo que a lo largo de sus 169 emisiones convoco a destacadas personalidades del ámbito público y privado.
El ciclo que se inicia mañana, se emitirá en vivo todos los martes de 13 a 14, con la conducción de Edgardo Corroppoli y Gerardo De Santis, director del CIEPYC.
martes, 3 de junio de 2008
DESEMPEÑO ECONÓMICO Y PRECIOS INTERNACIONALES. UN ANÁLISIS COMPARADO DE LAS PRINCIPALES ECONOMIAS DE LA REGION

Esa es la conclusión a la cual arribamos en la edición número 10 de Entrelíneas de la Política Económica[1]. Partiendo de las mejoras de los términos de intercambio, como representativa del denominado efecto viento de cola, repasamos el desempeño económico de los países de la región (Mercosur más Chile y Bolivia), durante el período 2004-2007, para que la economía argentina no corra con la ventaja del extraordinario crecimiento que tuvo en los dos primeros años desde la crisis de 2001-2002.
El crecimiento de los términos de intercambio en el corto plazo fue dispar entre los países de la región y dependió de las diferentes especializaciones en la inserción internacional. Por ejemplo, los términos de intercambio de Chile (cobre) experimentaron un fuerte crecimiento del 50,7% (tres veces más que el promedio de América Latina) y en Bolivia (gas) un crecimiento de casi el 30%.
En el caso argentino, puede apreciarse una leve mejora del 7,5%, menos de la mitad del incremento promedio de toda la región. Esto corrobora que los precios de los productos agrarios (de mayor influencia en nuestras exportaciones) evidenciaron un crecimiento más moderado que los productos vinculados a la energía y los metales.
A pesar de este moderado crecimiento, Argentina presenta un incremento del PBI de casi 30%, casi el doble que Chile, Bolivia y Paraguay y más del doble que Brasil. El espectacular crecimiento muestra a las claras que el contexto internacional no es excluyente para explicar el crecimiento local y que existen factores intrínsecos al modelo que generan tal comportamiento; de lo contrario, Chile, Bolivia y Brasil hubieran captado un crecimiento del PBI mucho más alto que el evidenciado en Argentina.
Por el lado de la inversión, Argentina invierte el 24,3% del PBI, una cifra inédita para la economía argentina y para cualquiera de los demás países. Asimismo, el comportamiento en el corto plazo muestra que si bien todos los países incrementaron los niveles de inversión en términos del producto, en Argentina ese incremento quintuplicó el crecimiento evidenciado en Chile y Brasil, que tan sólo incrementaron la inversión en 1,3 y 1,5 puntos del PBI respectivamente.
En cuanto al mercado de trabajo las conclusiones son similares. Todos los países de la región evidenciaron crecimiento del empleo y reducciones en los niveles de desempleo abierto merced al crecimiento de la economía. Sin embargo, Argentina es el país de la región que más bajó la tasa de desocupación en los últimos tres años y el que mayor cantidad de empleos generó en el mismo período.
En términos de la diversificación de bienes exportables, Argentina logra un muy leve incremento en la participación de MOI en el total exportado (casi 3 puntos porcentuales) mientras que el resto de las economías, por el contrario, han profundizado la estructura tendiente a su especialización histórica de bienes primarios, a excepción de Paraguay. Esto constituye un doble mérito por parte del desempeño exportador argentino, principalmente porque los precios de los productos industriales han evidenciado en el período una desvalorización (caída de precios), lo que implica que la performance exportadora se vio fortalecida por incremento vía cantidades.
Nuestra hipótesis es que el esquema macroeconómico actual, de tipo de cambio diferencial para la industria y para el agro, es el que mayormente explica el formidable comportamiento de las variables macroeconómicas que hemos repasado aquí; mientras que, en contraposición, la economía argentina ha sido de las menos favorecidas en cuanto a los términos de intercambio. No todo es viento de cola en América Latina.
[1]“Términos de intercambio y desempeño macroeconómico en Sudamérica”. Entrelíneas de la Política Económica n°10.
viernes, 30 de mayo de 2008
Régimen de acumulación y derechos de exportación: oportunidades, amenazas y desafíos
Por Pablo Lavarello – Leonardo Perichinsky – Miguel Zanabria
Investigadores del Centro de Investigación en Economía Política y Comunicación – Universidad Nacional La Plata.
Fuente: Revista Entrelíneas Nº 10 – Mayo 2008
Publicado en http://www.iade.org.ar/modules/noticias/article.php?storyid=2401
jueves, 22 de mayo de 2008
Revista Entrelíneas de la Política Económica Nº 10
Ver edición completa en http://www.ciepyc.unlp.edu.ar/
miércoles, 26 de marzo de 2008
Retenciones a los granos: cuando la historia cuenta
Las retenciones son el único instrumento con que cuenta el Estado para hacer frente a las consecuencias no deseables de un aumento de precios internacionales de productos agroalimentarios, con el actual marco regulatorio e institucional del país. Además, concilian un dólar alto que beneficia a la industria y genera empleo con precios de los alimentos acordes a los salarios argentinos. El conjunto de instrumentos alternativos – entre otros, las juntas nacionales de granos y carnes - fue desmantelado durante los años ’90, dejando los mercados domésticos de alimentos a merced de la evolución de los precios internacionales. En consecuencia, que las retenciones se apliquen ahora no es el resultado de un capricho del gobierno actual sino de un conjunto de decisiones tomadas en el pasado.
Seguramente este instrumento sería innecesario si la Argentina hubiera mantenido otros mecanismos institucionales que supo crear a lo largo de su historia, y que en otros países permitieron un desarrollo de las cadenas agroindustriales diversificadas. Este aspecto es aún más preocupante si se considera que nuestro país es el único entre los cinco principales exportadores mundiales de cereales (acompañado por Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y Australia) que no cuenta con mecanismos de regulación del comercio de materias primas. Todos los países exportadores cuentan con formas directas o indirectas de intervención para asegurar la competitividad y la seguridad alimentaria de la población. Las formas indirectas, adoptadas en Estados Unidos y en Europa, combinan transacciones realizadas por el sector privado con significativos subsidios e intervenciones en los precios, como ocurre en la Unión Europea y los Estados Unidos con las “ordenes de comercialización”. En Canadá y Australia, por su parte, los Marketing Boards (una suerte de Juntas nacionales de granos y otros productos agropecuarios que en el primer caso son estatales y en el segundo son privadas pero bajo control de los productores) centralizan el acopio y la exportación, permitiendo a los productores eliminar la discriminación de precios en períodos de cosecha por parte de las grandes trasnacionales del comercio de granos. En Nueva Zelanda existe un esquema similar para le leche, bajo gestión privada, con una mega-cooperativa de productores lácteos que hoy avanza en un proceso de internacionalización a la par de las grandes multinacionales lácteas. Estas instituciones permitieron resolver el conflicto entre consumo interno y exportación a partir de una reinversión de la renta agraria en la diversificación de actividades y “descommoditización”.
La Argentina contó alguna vez con mecanismos regulatorios similares, que sin embargo funcionaron esporádicamente, y finalmente fueron desmantelados durante los años ‘90. La Junta Reguladora de Granos (luego denominada Junta Nacional de Granos) fue establecida durante los años ’30 en forma contemporánea a los Boards Canadá y Australia en el contexto de la fuerte caída de los precios internaciones. La Junta tenía funciones similares a las de estos países: intervenir en el mercado de granos para sostener el precio interno al productor, abastecer a la industria y el consumo local a precios accesibles, organizar acuerdos de comercio entre Estados, registrar las exportaciones, cobrar impuestos a las exportaciones, establecer estándares de calidad y clases de trigo, certificar estándares, asesorar a los semilleros, administrar la red de silos estatales. Las Juntas rara vez cumplieron las funciones reguladoras de precios, dado el fuerte poder de veto que establecieron las entidades del campo y, fundamentalmente, las empresas del comercio de granos. La intervención en los precios solo fue efectiva en un breve período: durante los años ’30 cuando fueron creadas por los conservadores, reforzadas luego en el primer peronismo al crearse el IAPI y en el breve lapso del gobierno de Campora. El resto de las funciones, mantenidas hasta los años ’90, fueron sin embargo cruciales para la organización del sector, y generaron importantes capacidades del Estado en el comercio exterior y en la tipificación de granos. Capacidades que utiliza hoy la Canadian Wheat Board para diferenciar trigos según distintas calidades y obtener así mejores precios frente a la industria. Estas capacidades se perdieron en la Argentina cuando el gobierno de Carlos Menem desarmó las Juntas, trasladando sus funciones a un mercado dominado por un reducido número de grandes empresas extranjeras y grupos locales del comercio de granos que son los que ahora captan las diferencias por calidades, elusión fiscal y por manejo de precios en distintas épocas del año.
No obstante, cuando se eliminaron las Juntas, las entidades del campo no adoptaron medidas con la magnitud y la agresividad vistas en estos días. Frente a la desregulación, o bien se apoyó activamente (Sociedad Rural, Confederaciones Rurales Argentinas), o no se opuso una resistencia similar a la actual (Federación Agraria Argentina, que agrupa a los pequeños productores, principales perjudicados por el desmantelamiento de las Juntas). Por esto llama la atención la saña del lock out de los sectores agrícolas frente al reciente establecimiento de las retenciones móviles.
Es interesante comparar esta actitud con la de los productores australianos, neozelandeses y canadienses, frente a la oleada de liberalización de los años ’90, quienes no cedieron ante la ofensiva de las grandes trasnacionales de granos. La centralización de las compras de materias primas no fue entregada a estas empresas, sino que optaron por el reemplazo de los Boards por mega cooperativas de exportación (como Fonterra, la Cooperativa de productores lácteos neocelandeses, o el Board privado en el caso del trigo de Australia). De esta manera, lograron mantener un instrumento que les permite garantizar la oferta de alimentos a la población y fortalecer la competitividad del sector.
Si se tiene en cuenta estos elementos, puede comprenderse por qué las retenciones son en este momento la respuesta que encuentra un gobierno frente a una historia de abandono del control democrático sobre el acceso a la alimentación y a la divisas. Abandono del cual la totalidad de la dirigencia política y de las entidades del campo son responsables. En este contexto las retenciones han sido un paso necesario en la medida que permiten cumplir una serie de objetivos indelegables del Estado: desacoplar los precios internos de los alimentos de los precios internacionales e incidir en las rentabilidades relativas de los distintos cultivos a fin de limitar el avance de la sojización.
La implementación de retenciones móviles implica un avance frente al esquema previo de retenciones, porque otorga a los sectores primarios y de transformación un horizonte de estabilidad de precios y abre la puerta a una eventual disminución de la imposición, frente a una posible reducción de los precios internacionales tras la desaceleración de la economía mundial. A una semana de implementada la medida ya se ha visto como ante la caída del precio internacional de la soja, las retenciones móviles generaron una disminución en el monto del impuesto.
Por su parte, el mayor peso de las retenciones a la soja es razonable, considerando los efectos que su alta rentabilidad relativa genera sobre la oferta de otros alimentos, que son desplazados por este cultivo. Pero que, dado los altos costos de reconversión para los productores pequeños, requiere la profundización de medidas que apunten a financiar las inversiones que garanticen el reemplazo de la soja por otras producciones.
En este sentido, y en la medida que sean asegurados los costos de reconversión, las retenciones son un paso necesario hacia la configuración de un nuevo régimen que concilie los objetivos de exportar con los de alimentar a la población, sin lesionar las ganancias normales de la actividad. El sector debiera comprender que las retenciones perderían su razón de ser si se implementaran los mecanismos institucionales que permitan reorientar la renta agraria hacia el desarrollo agroindustrial y la descommoditización. Sin embargo, es notoria la ausencia de propuestas y acompañamiento de los representantes del campo en este camino. Así lo demuestra la aún escasa participación del sector en la utilización de los esquemas de subsidios al trigo, explicado por el alto grado de evasión impositiva que existe en esta actividad. El camino no estará exento de conflictos, dado que implicará recuperar la renta hoy apropiada por las grandes exportadoras y productores concentrados.
Este camino requeriría por un lado, que el gobierno implemente mecanismos de regulación contra el abuso de poder monopsónico de la comercialización concentrada, y lleve adelante políticas selectivas para los productores pequeños de las zonas marginales, Entre las medidas que consideramos importante discutir, se destaca:
1. Complementar las retenciones con transferencias directas a los productores con pequeñas extensiones - calculadas en función de hectáreas en actividad- planteando la diversificación de los cultivos más allá de la soja. Para ello es necesario un empadronamiento de los productores, para identificar si pertenecen a grupos financieros u otras formas de sociedad que puedan desvirtuar el objetivo redistributivo del impuesto.
2. Regenerar las herramientas de regulación del mercado agropecuario, a fin de evitar la punción que practican los grandes exportadores sobre la rentabilidad de los pequeños productores. Para lo cual es necesario recrear las Juntas Nacionales de Granos y de Carnes, que a partir de su rol de compradores sostengan el precio de los granos al productor. Institución que debe encarar una activa política estratégica de diferenciación de granos.
3. Crear una infraestructura portuaria y de almacenamiento, propiedad de las Juntas, que permita organizar el sistema de logística más allá de los grupos concentrados.
4. Aumentar la progresividad del impuesto inmobiliario rural, realizar una revaluación de los campos acorde al actual valor de mercado y mejorar la eficacia recaudatoria de los impuestos nacionales, como ganancias y bienes personales.
Para que estas medidas puedan ser implementadas es indispensable el apoyo de los pequeños y medianos productores. El 50% de la tierra está en manos de 5000 productores, sólo mil poseen el 33% de las hectáreas cultivables. El otro 50% está atomizado y enfrenta el desprecio de los productores concentrados a la hora de venderle sus productos. La táctica debiera ser ayudar a estos últimos y conseguir su apoyo.
Por CIEPYC
domingo, 16 de marzo de 2008
Política y retenciones
A diferencia de los anteriores, el aumento en las retenciones anunciado el martes no tiene un objetivo antiinflacionario predominante. Las retenciones que subieron fueron a los productos oleaginosos que, salvo en el caso del aceite de girasol, tienen escasa presencia en la canasta de consumo local y son en su casi totalidad destinados al mercado externo. También fueron modificados los impuestos a la exportación de trigo y maíz (que sí tienen una presencia considerable en la matriz alimentaria interna), pero en lugar de subir, bajaron en grado insignificante.
Queda muy claro que la medida busca capturar fiscalmente toda la renta extraordinaria derivada del aumento reciente en la soja, en el girasol y en sus derivados, dejando al sector en la situación que tenían a fines del año pasado, que según Martín Lousteau ya era un escenario de “hiperrentabilidad”, y que según los propios representantes del campo no llegaba a tanto, aunque reconocen que disfrutaban de una muy buena situación.
No es de extrañar que muchos críticos del anuncio, y por supuesto los directamente afectados, esgriman el objetivo fiscalista del Gobierno como argumento para desmerecer la medida. Lo que subyace es: “si fuera para frenar los precios, vaya y pase; pero no me banco que me metan la mano en el bolsillo sólo para recaudar más”.
Pero es interesante notar que desde el Gobierno se intentó disimular el costado recaudatorio. Si bien en Economía reconocen lo obvio y estiman que los cambios aportarán ingresos adicionales por alrededor de 1500 millones de dólares, en la carpeta distribuida a la prensa se omite por completo el tema y en ninguno de los varios reportajes que ofrecieron los funcionarios para defender la medida se hizo mención al tema. Optaron por resaltar todas las “ventajas” técnicas que tiene el nuevo esquema de retenciones móviles (las alícuotas cambian automáticamente en función directa del precio internacional), pero se cuidaron de no cargar las tintas en la captura de una renta extraordinaria con su evidente consecuencia redistributiva: por menos eficiente y equitativo que sea el uso de esos fondos adicionales, su gasto tiene indefectiblemente efectos redistributivos.
Por algún motivo de lógica política, el Gobierno prefiere minimizar el condimento político de las retenciones.
La combinación de alícuotas más altas y precios internacionales estratosféricos daría como resultado, según la estimación de la consultora M&S, que este año las retenciones van a duplicar lo recaudado por ese concepto el año pasado, llegando a un total impresionante de 42.000 millones de pesos, de los cuales el complejo oleaginoso representaría tres cuartas partes. Es decir que en el bienio 2007-2008 el ingreso fiscal por retenciones ascendería a unos 20.000 millones de dólares.
La creciente importancia de las retenciones como fuente de ingresos fiscales, que en gran medida es consecuencia de la creciente importancia del complejo sojero en la estructura exportadora, obliga a activar de manera previsora alertas respecto de una excesiva dependencia. Es lo que atinadamente hicieron Pablo Lavarello y Rafael Selva en un artículo titulado “Mercados internacionales de granos y precios frente a la desaceleración de la economía mundial”, que publicó la revista Entrelíneas del Centro de Investigación en Economía Política y Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata. Si bien sostienen que “es poco probable que en el corto plazo haya una caída abrupta en el precio de la soja” en tanto China e India sigan creciendo a ritmo vertiginoso, por las dudas recomiendan “diversificar la estructura productiva”.
domingo, 30 de diciembre de 2007
Es el Estado, estúpido
Llegado a este punto, el primer problema que aparece es que el Estado tal como está resulta casi totalmente ineficaz. Según un estudio publicado el año pasado por tres economistas del Banco Mundial –Edwin Goñi, Humberto López y Luis Servén–, el coeficiente Gini antes de impuestos y beneficios sociales es sólo apenas un poco más elevado que el que surge tomando en cuenta la política fiscal (0,500 vs. 0,481 para el período considerado). En otras palabras, la acción del Estado atenúa la desigualdad muy levemente.
El trabajo titulado Reforma fiscal para la equidad social en América latina muestra que ésa no es una característica original de la Argentina sino común a toda la región: el cobro de impuestos y el gasto en beneficios sociales reduce el Gini promedio de América latina de 0,516 a 0,496, un recorte ínfimo.
Ese mismo estudio revela el contraste con el Primer Mundo. El Gini promedio de los quince países europeos más desarrollados es 0,459, que tras la intervención estatal con impuestos y transferencias baja a 0,311. Una caída de 15 puntos, que más que septuplica el mísero aporte de 2 puntos de los Estados latinoamericanos.
Es interesante notar que la desigualdad europea previa a la injerencia estatal no es significativamente menor que en América latina. Y en algunos casos se acerca mucho: Portugal tiene un Gini de 0,494, Dinamarca 0,486, Italia 0,475 y España 0,468; la diferencia está en que los impuestos y beneficios reducen el Gini a 0,381, 0,285, 0,374 y 0,348, respectivamente.
Es el Estado, estúpido
A primera vista, esos números desafían la idea de que la estructura productiva relativamente más concentrada y menos diversificada que en Europa es determinante en la explicación de la mayor desigualdad social. Una hipótesis incómoda y provocativa que merece análisis de expertos.
También cabe preguntarse sobre la causalidad. ¿Los Estados europeos aportan igualdad porque se trata de países desarrollados, o son países desarrollados porque, entre otras cosas, el Estado favoreció la equidad?
En todo caso, la meta del desarrollo requiere de un Estado diferente y una parte esencial de ese cambio pasa por la reforma tributaria. Tema al que está dedicado uno de los artículos del número de diciembre de la revista Entrelíneas que edita el Centro de Investigaciones en Economía Política y Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata.
Bajo el título Lineamientos para adaptar el sistema tributario al nuevo modelo económico, Alfredo Iñíguez y Rafael Selva sostienen que ahora están dadas las condiciones para encarar una reforma que sirva para “incentivar la acumulación productiva y morigerar las desigualdades que determina el mercado”. Muy resumidamente, la propuesta contempla para una primera etapa: eliminar las exenciones a las rentas financieras y bursátiles en Ganancias de las personas físicas; aplicar alícuota diferencial en Ganancias de las empresas a las utilidades no distribuidas para estimular la reinversión; gravar a todos los activos en Bienes Personales; reimplantar el impuesto a la herencia.
Plantean para más adelante un impuesto a la renta potencial de la tierra, gravar consumos de lujo con impuestos internos y alícuotas preferenciales a las ganancias de las micro y pequeñas empresas. En cuanto al IVA, supeditan cualquier rebaja (que sugieren sea más acentuada para una canasta básica) a que el Estado garantice el traslado a precios.
En el reportaje a este diario a fines de noviembre, la Presidenta dijo que “no hemos pensado en una reforma impositiva”. Pero su ministro de Economía dijo el domingo pasado que se debería ir en el sentido de gravar a la renta financiera con Ganancias y hacia una estructura más basada en Ganancias que en impuestos al consumo.
¿Confusión? ¿Indefinición? ¿Medidas aisladas en lugar de reforma? Habrá que ver.
domingo, 9 de diciembre de 2007
¿De qué se queja el campo?
La política económica de tipo de cambio alto desde enero de 2002 generó una elevada rentabilidad para el sector agropecuario, que a su vez fue alimentada por el fuerte aumento en los precios internacionales de los bienes agrícolas. De acuerdo con un trabajo del Centro de Investigación en Economía Política y Comunicación (Ciepyc) realizado en junio de 2007, la rentabilidad del sector fue en promedio (2002-2006) un 40 por ciento superior a los últimos cuatro años de la convertibilidad. Incluso, debido al comportamiento de los precios de las commodities durante los dos primeros años de vigencia del nuevo esquema macroeconómico, los márgenes de ganancia del sector agrícola promediaron niveles 50 por ciento superiores que los de la convertibilidad, llegando a picos en donde superaron el 80 por ciento.La descripción de los mayores márgenes representa un piso más que un techo en la rentabilidad del sector agrario. Porque este análisis no incluye aquellas ganancias de rentabilidad que como consecuencia de las mejoras en el rinde y/o reducción de los costos asociados a las nuevas tecnologías se puedan haber producido en los últimos diez años.
Desde la perspectiva de la política económica, no parece razonable que el tipo de cambio efectivo sea igual para todos los sectores. De hecho, en un mundo ideal, sin heterogeneidades, la política de tipo de cambio alto es similar a un subsidio para todos los sectores por igual. Pero no se puede ser neutral entre sectores desiguales, en particular en el caso de la soja y otros granos que perciben rentas asociadas al aumento de los precios internacionales o a la incorporación de paquetes tecnológicos generados o bien por la industria local o bien en otros países (maquinaria agrícola y semillas transgénicas, respectivamente). Por ello, el tipo de cambio debe ser administrado por el Estado y el incremento de las retenciones como medida correctora representa una decisión de política económica que permite retroalimentar el círculo virtuoso de crecimiento.
Incluso, desde la perspectiva del productor agropecuario es claro que su situación en términos temporales es mejor que la de la convertibilidad, al menos en sus últimos cuatro años (1998-2001).
Los representantes del sector, en lugar de cuestionar en forma cortoplacista un esquema de precios relativos que favorece la diversificación productiva, debieran preguntarse qué sería lo más conveniente para ellos: si un tipo de cambio bajo y sin retenciones o un tipo de cambio alto con retenciones.
La primera experiencia es la de los ‘90 con fuerte endeudamiento y pérdida de competitividad con reducción en el valor de las tierras. Por el contrario, el tipo de cambio administrado permite garantizar una mayor estabilidad en la rentabilidad, mayor competitividad de sus productos y una revalorización del precio de las tierras. El Estado, a través de las retenciones, absorbe lo que el sector no obtendría de no mediar una política de sostenimiento del tipo de cambio.
Una postura más inteligente del sector sería reclamar que el Estado invierta el resultado del aumento de las retenciones en el fortalecimiento de la infraestructura de ciencia y técnica, en el subsidio a cultivos y pequeños productores que hoy no se encuentran favorecidos por las condiciones altamente favorables. De esta manera se evitaría que el modelo de monocultivo de la soja se consolide con los impactos evidentes en los precios de los alimentos y en la concentración de la tierra.
Por German Saller
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-3281-2007-12-09.html